La antigua mina de oro de Incahuasi

Los Padres Jesuitas fueron increíbles caminadores y exploradores de todos los rincones de las regiones naturales que corresponden hoy a gran parte de la República Argentina. Se internaron en el enorme Chaco y lo recorrieron en la totalidad de su extensión, transitaron la Selva Amazónica en el Paraguay, en el este de Bolivia y el oeste de Brasil. Estuvieron además en Perú, Chile y Uruguay. En tierras donde pusieron sus pies, se dedicaron a evangelizar y a concentrar a los nativos en poblados que progresaron rápidamente. Pero sorprende que se hayan atrevido a ingresar y permanecer en la Región de la Puna; y más aún, que decidieran asentarse, reordenar e incrementar las construcciones para sumar habitantes en el antiguo poblado nativo de Incahuasi, asimilado en algún momento por el Imperio Inka. En la impresionante meseta altiplánica que se encuentra rodeada de enormes volcanes extintos y en los bordes del Salar del Hombre Muerto, se ubica la Mina de Incahuasi a poco más de 4.000 metros de altura. Los osados hombres de la Orden de San Ignacio de Loyola, ayudados por algunos integrantes de la parcialidad “Atacama” construyeron una serie de estructuras sobre la cima de una elevación (ocupada anteriormente) y muy cercana a los socavones que explotaban desde mucho tiempo atrás, extrayendo sedimentos auríferos. Concentraron unos pocos pobladores de la zona en la nueva “Misión de Nuestra Señora de Loreto”, y juntos edificaron muchos recintos que dieron forma a un complejo habitacional caracterizado por rasgos arquitectónicos singulares. Hay un total aproximado de Setenta (70) habitaciones o espacios, de los que más de la mitad debieron estar destinados a viviendas y el resto debió tener carácter de “comunitario”, entre los que se cuentan lugares de almacenamiento y pequeños corrales. La mayor parte de las construcciones seguramente tuvo techo plano, y algunas (como la del astial con arco que se observa fotografía) tuvieron techo a dos aguas. Este recinto debe haber sido un lugar donde por motivos de costumbre y necesidad, se reunían diariamente todos los pobladores (quizás servía de comedor). Hay partes de paredes en las que aún se mantienen las hornacinas que servían para apoyar o guardar objetos y pequeñas puertas con cierre en arco. Aunque las ruinas más representativas del poblado son (sin duda) las del edificio de la Iglesia; de la que parte de la torre del campanario se mantiene aún erguida. Este es uno de los pocos casos de ocupación religiosa en un ámbito inhóspito a tal extremo. La explotación de la mina continuó por muchos años hasta que los Jesuitas debieron abandonar los socavones y el poblado cuando fueron expulsados del virreinato en 1767.
Posteriormente una compañía minera retomó los trabajos en 1936 y por espacio de algunos años, durante los que se construyeron las nuevas instalaciones al abrigo de los cerros y colinas contra los bordes del salar. El sitio fue declarado Monumento Histórico Nacional por decreto del PEN Nº 16.982, pero ni por estar en aquél lugar de difícil acceso puedo escapar de las garras de los "buscadores de tesoros".
Gustavo Flores Montalbetti

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