Recuerdos del Ingenio Tabacal. A 100 años de su creación

Pensar en el Ingenio Tabacal, tal el nombre que para mí nunca ha de cambiar, me lleva a aquellos años de la infancia en los cuales los días se desentramaban entre enormes tipas y mansas calles de tierra, mientras de fondo los trapiches rugían devorándose los bocados que les arrimaban desde cada rincón de los cañaverales.

A veces por la tarde, algún fulbito en la canchita del frente de la escuela, aunque no siempre éramos tantos como para completar a pleno dos equipos. Por eso esperábamos felices las épocas de vacaciones, que era cuando algunos de los que tenían familiares allí, andaban de paso por el pueblo. En aquellos años no teníamos celulares así que después de comer había que ir con la pelota y ponerse a patear sólo, hasta que algún otro apareciera. Eso sí, el permiso casi siempre era hasta la sirena de las seis.

La vida en el Ingenio era calma y sin muchos sobresaltos, pues tampoco éramos demasiados los niños, y los adultos casi siempre estaban metidos en sus asuntos laborales y más aún en los meses de zafra, que se alteraban un poco más de la cuenta, así que cada tanto nos hacíamos los exploradores y nos mandábamos, cual ututos, a trepar alguna lomada cercana. No sin antes cargar al hombro alguna pequeña caña hecha de bambú, para intentar suerte con alguna mojarrita en uno de los tantos canales que rodean el pueblo.

De ese mundo que se iniciaba tras los arcos, son muchos los recuerdos que aún me quedan. No sé si bien conservados e intactos, pero si imborrables en el sentimiento que fecundó en aquellos años. De sólo intentar esta nota siento casi que respiro aquel particular olor que emanaba de las chimeneas, o hasta casi se me ocurre que estoy por quitarme alguna carbonilla de los ojos, mientras se me hace escuchar a lo lejos pasar a los tumbos el regadero por la calle principal.

Tabacal tenía esas cosas cotidianas que lo hacían diferente a otros lugares y que sólo quienes vivimos ahí conocimos. Las infaltables chatitas de Doña Sarita para acompañar la merienda y alguna que otra gomita Mogul para el camino o las noches de pool y metegol en el club como gran salida de un fin de semana. Y créeme si te digo que por las mañanas siempre algún chalchalero te deleitaba con su canto, mientras que por las tardes los coyuyos y las ranas se tiraban la bronca en descollante batalla coral.   


Para las pascuas a muchos nos gustaba ser monaguillos, pues además de la cuestión religiosa, era todo un acontecimiento ver tanta gente y capaz también hasta lo tomábamos como cierta aventura. Colgarnos de las sogas para tratar de hacer sonar las pesadas campanas previo a una misa, o presumir a las chinitas haciéndonos los serios con esas blancas sotanas hasta los tobillos. Aunque nunca faltaba alguno que desde los primeros bancos nos hacía caripelas para que nos tentáramos. Ahora recuerdo que algunas veces me quedaba admirando el majestuoso altar y otros detalles de madera de nogal que engalanaban aquella Iglesia.

Pero también las casas eran bastantes singulares, de techos infinitos, incontables tejas y amplios jardines coronados de ligustros o lantanas. Esos pormenores que, mucho en aquel entonces no apreciábamos o tal vez no poníamos atención, tal como lo hacíamos para ganar al Tetris o algún que otro jueguito del Atari, que por esos años era furor entre los mocosos, así como los Playmobil o ver mil veces Laberinto o La historia sin Fin. Cosas de una infancia sana y sin toda esa vorágine y bazofia de las redes sociales o el puterío de la tele de hoy en día.

Y cómo olvidar aquella estampida de manos curtidas que en un rio de bicicletas abandonaba la fábrica en busca de descanso cuando llegaba el cambio de turno. Pues ahí adentro la maquinaria bramante no sabía de calma. No sabía de silencios y mucho menos de pausas. Lo que allí adentro pasaba era el latir de un gigante por el que en sus venas no solamente corría sangre de cachaza, sino también el esfuerzo de miles y miles de personas.     

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Lo que aquí te cuento, es un mínimo pantallazo de algunas cosas que se me vienen a la mente de aquellos años por El Tabacal, en donde pasé muchos años de changuito y en donde trabajaron mi abuelo, mi viejo y algunos otros familiares que seguramente mantendrán sus recordaciones en alguna parte de corazones.

¿Y por qué escribo ésto? Pues hace unos días leí por ahí que el Ingenio cumplía cien años, y uno lo recuerda con ese cariño como quien mantiene aún ese sentido de arraigo o vínculo emocional. Y a pesar de que hace muchos años que no he vuelto, todavía en mi memoria puedo escuchar con asombrosa nitidez el grito de la sirena, desde que arrancaba hasta que sofocaba su último suspiro.

Y ahora, yendo a la génesis de El Tabacal y dejando de lado la melancolía, decir que todo empezó allá por la segunda década del siglo pasado, más precisamente en el año 1919 cuando se comenzaron a plantar a mano las primeras semillas de caña y que finalmente en 1920, tras algunos desperfectos iniciales del trapiche, se logró la primera molienda. Consolidando de esta manera el sueño de un visionario salteño que en plena selva oranense supo erigir una impresionante empresa, pionera en la zona y que hasta el día de hoy sigue siendo de las más importantes de la provincia en el sector privado, dando trabajo a unas cuatro mil personas y a otras tantas de manera indirecta. 

Aquel visionario fue Robustiano Patrón Costas, quien junto a dos socios (Bercetche y Pedro Mosoteguy) se adentraron en tamaña hazaña en un lugar casi olvidado por aquel entonces. Y es así que en 1918 compraron en remate público el Ingenio tucumano San Miguel, ya que por la guerra europea no se podía importar maquinaria y trasladan su fábrica a tierras oranenses. Imaginemos esas épocas en donde las rutas apenas estaban apuntaladas.  

Fundado bajo el nombre de Ingenio y Refinería San Martín del Tabacal hasta que en 1996 fue vendido e incorporado a Seaboard Corporation, un conglomerado de compañías con actividades diversas que tiene presencia en más de 45 países en todo el mundo.


Para complacer todas las necesidades de los trabajadores y fomentar el desarrollo y el crecimiento social, en el pueblo se construyeron desde, un hospital con capacidad para setenta camas con instrumental moderno para vacunaciones y sala de operaciones con rayos X (que llegó a ser el más moderno de Salta) hasta una escuela que funcionaba en dos turnos, con alrededor de 1200 alumnos, hijos de los obreros y empleados del Ingenio, que luego fue a donada a la Nación. Ambos inaugurados en 1934. Pero también no fueron menos importantes otras suntuosas edificaciones como el Convento, el almacén de ramos generales, el complejo deportivo y hasta el estadio, en donde hoy sigue tirando fantasía el querido “trapichero”    

La magnitud de la obra y el impacto socio económico en la región en sus primeros años fue tal que hasta el mismísimo Presidente de la Nación por ese entonces, el General Agustín P. Justo se llegó hasta el Ingenio el 2 de agosto de 1.934, y año más tarde, recibió la visita del senador nacional Alfredo L. Palacios, quien a su regreso a Buenos Aires, en la sesión del Senado del 22 de junio de 1935, comenta en alusión a su visita: “La escuela de El Tabacal, sería un ejemplo, en nuestra propia metrópoli. Aulas con techos altos donde la luz entra a raudales, paredes blancas; las puertas con telas metálicas; una higiene admirable. Los niños todos calzados, con guardapolvos blancos; limpios y bien arreglados. Se bañan en la misma escuela. Quinientos alumnos bien alimentados, sanos y fuertes, con la pupila brillante, el pecho fuerte y el paso ágil, a mi llegada entonaron el Himno Nacional con voz clara y vibrante. Entraron después en las aulas, que recorrí una a una. Hice innumerables preguntas. Hasta los más pequeños conocían nuestra historia, hablaban con viveza de las distintas regiones del país y resolvían problemas en la clase de aritmética. Y entre los alumnos había algunos, hijos de indios chaguancos, que hablaban en castellano con facilidad. Al lado de la escuela hay una gran extensión de tierra para la granja, donde se enseña a los niños nociones de agricultura, vinculándolos así a la tierra. Y bien, señores senadores; imitemos la acción privada y los resultados serán proficuos” (Cámara de Senadores, Diario de Sesiones 1935)


En cuanto a lo operativo de la empresa, resaltar que en 1925 se desmontó toda la fábrica vieja y se instaló un trapiche de última generación para la época y en 1961, se montó un moderno trapiche americano, ‘Farrel Birmingan’ que le daba más potencia y capacidad, lo que llevó a que se acreciente la elaboración de azúcar y alcohol. A fines de la década de los 50, y comienzos de los ´60, se incorporó también un nuevo trapiche y una caldera para continuar ampliando la productividad y eficiencia del ingenio.

También por esos años se construyó la presa sobre el río Pescado y más de cincuenta kilómetros de extensión en canales para riego de los cañaverales, lo que fue a su vez una de las obras hidráulicas más importantes de América Latina en su tiempo. El ferrocarril también llegó con el Ingenio hasta esa zona y con el  tendido de vías se le dio un mayor impulso a la industria, ya que permitió agilizar los tiempos y el transporte hacia los centros de consumo. Y como nada prácticamente se dejaba al azar o mucho menos se escatimaba en recursos, Tabacal adquirió 16 locomotoras de trocha chica para transportar la caña de azúcar desde el campo hacia las fauces de la colosal fábrica.  El 7 de julio de 2010, día 64 de zafra, se molieron 17.343 toneladas, como para tener una noción de las dimensiones.

Con el transcurso de los años, la empresa en su plan de superación fue constantemente adquiriendo nuevas maquinarias y modernizando sus instalaciones, para lograr ser actualmente uno de los más pujantes y trascendentales motores económicos en el noroeste y una de las principales productoras de azúcar de la Argentina en los mercados de Retail con la marca Chango e industrial, con la marca Tabacal. Y además pionera en la producción de bioetanol y generación de bioenergía eléctrica y fabricación de abonos orgánicos a partir de los residuos generados en la fabricación de azúcar.

San Martin del Tabacal Entrada
Pero como hablar sobre Tabacal industria y toda esa inmensa obra que encaró Robustiano Patrón Costas puede suponer un largo rato, es que me vuelvo nuevamente a centrar en los destellos de mi infancia. Y con ellos volver a evocar aunque sea por unos minutos a aquel pueblito que con tanto cariño sigo abrazando.

Hace cien años, desde aquella primera semilla en el Valle de Zenta, hasta su hoy inobjetable y destacado liderazgo en el desarrollo económico del norte salteño, Tabacal, tal su nombre que siempre he de mencionar, ha dejado una huella indeleble para miles y miles de personas que en algún momento supimos pasar por aquel lugar.

Ignacio Chesa

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