René Favaloro, del reconocimiento a la angustia

René Gerónimo Favaloro nació el 12 de julio de 1923 en el barrio el Mondongo de La Plata, así llamado porque su población estaba integrada mayormente por trabajadores de los frigoríficos cercanos, que solían recibir mondongo todas las semanas como parte de pago. En ese barrio humilde de viviendas económicas alejado del centro de la ciudad, Favaloro conoció el valor del esfuerzo. Así lo recordaría años más tarde: “Yo era el hijo mayor de una familia humilde. Mi padre, ebanista, más que carpintero, tenía un pequeño taller… (…) los  ingresos siempre eran escasos. Mi madre, modista, contribuía al sostenimiento del hogar. Estarán siempre en mi mente las largas horas que pasaba sentada frente a la máquina de coser… Desde muy joven había comprendido el esfuerzo que ellos realizaban para darnos sustento y educación, y a partir de los 10 o 12 años colaboraba en las tareas del taller, en especial durante las vacaciones, en que me transformaba en un obrero más.  Así aprendí todos los secretos de la carpintería…. Años más tarde, cuando escuchaba al profesor Christmann decir que para ser un buen cirujano había que ser un buen carpintero yo pensaba que había realizado mi aprendizaje en aquel viejo taller”[1].



El pequeño René estudió en la Escuela 45. Ingresó más tarde en el prestigioso Colegio Nacional de La Plata y en 1941 empezó a estudiar medicina, una vocación que, según su madre, había despertado a los 5 años cuando acompañaba a su tío, el doctor Arturo Cándido Favaloro, en las visitas domiciliaras a sus pacientes.

Tras terminar la residencia, que realizó en el Policlínico de su barrio, aceptó por unos meses un reemplazo temporario como médico rural en Jacinto Aráuz, un pueblito de La Pampa. Era mayo de 1950 y hacia allí se dirigió Favaloro sin saber que la estadía de tres meses se estiraría durante 12 años. Su llegada revolucionó la medicina del lugar. Junto a su hermano Juan José, también médico, que arribó tiempo después, modernizaron el centro asistencial. Así una casona vieja devino en una clínica con veintitrés camas y una sala de cirugía. Además Favaloro se ocupó de enseñar pautas para el cuidado de la salud y la prevención de enfermedades. El resultado fue la reducción de la desnutrición, las infecciones en los partos y la mortalidad infantil. También armó un banco de sangre viviente, tomando muestras sanguíneas a los habitantes del lugar y clasificándolas para recurrir a ellas durante emergencias.

“Estuve doce años como médico rural en Jacinto Aráuz, La Pampa, donde aprendí el profundo sentido social de la vida. Sin compromiso social, mejor no vivir”, dijo en una entrevista en 1999. [2]

Su compromiso con la profesión y la necesidad de perfeccionarse lo impulsaron a realizar un viaje a los Estados Unidos. Partió en 1962 rumbo a la Cleveland Clinic, de Ohio, por recomendación del profesor José María Mainetti. Se desempeñó primero como residente y más tarde como miembro del Departamento de Cirugía Torácica. En Cleveland, Favaloro no tardó en ganarse el respeto y reconocimiento de sus colegas.

El 9 de mayo de 1967 Favaloro revolucionó la cardiología mundial al operar exitosamente a una mujer de 51 años mediante la técnica de bypass. La célebre intervención permitiría salvar a millones de personas y contribuyó a mejorar sustancialmente la calidad de vida de los pacientes coronarios.

En 1971, decidió volver a la Argentina para continuar aquí con su profesión. Para él enseñar y trabajar en su país eran la mejor forma de patriotismo. Así se lo explicó al doctor Donald B. Effler, jefe de cirugía de Cleveland Clinic, en su carta de renuncia: “Una vez más el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil. Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires. (…) El propósito principal es desarrollar un Departamento bien organizado donde pueda entrenar a cirujanos para el futuro. Créame, yo seré el hombre más feliz del mundo si puedo ver en los años por venir una nueva generación de argentinos que trabajen en distintos centros del país resolviendo los problemas a nivel comunitario y dotados de conocimientos médicos de excelencia”. [3]

Finalmente, en 1975, creó la Fundación Favaloro, convirtiendo su sueño en realidad. Más tarde, en 1992, inauguró el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular, y seis años después, creó la Universidad Favaloro. Uno de sus mayores logros fue la formación de centenares de residentes de diversos lugares de la Argentina y de América Latina. Creía que la investigación y el fomento de la ciencia básica eran pilares del desarrollo. “En 1971 decidí volver a la Argentina porque creía que debía ser útil a mi país. (…). En este tiempo impulsé la investigación y la ciencia básica. Los países que no tienen ciencia básica no tienen futuro. Nosotros dedicamos 0,4 del PBI para investigación, y los países como Israel, Alemania, Japón, le destinan el 2 por ciento. No todo lo debe hacer el Estado. También están los empresarios. Habría que implementar, como en los Estados Unidos, que el que dona para investigación, lo deduce de réditos”[4], le dijo a Renée Sallas en una entrevista.

Su vocación de servicio, sus valores humanitarios, su profundo compromiso con la educación, su espíritu solidario y su sed de justicia lo impulsaron a trabajar sin descanso, procurando dejar un mundo más justo y solidario.

Preocupado por los problemas que lo rodeaban, alguna vez escribió: “La corrupción no es solamente la coima, los funcionarios ladrones, el narcotráfico y el lavado de dinero. Corrupción es también mantener las universidades en un estado calamitoso, una televisión donde sólo hay alaridos y violencia, la injusticia social, la desocupación, la marginalidad”[5].

La desigualdad era una de sus obsesiones. “Más de las tres cuartas partes de los habitantes del mundo viven en países en desarrollo, pero sólo disponen de un 16% del ingreso mundial, mientras que el 20% más rico del mundo dispone del 85% del ingreso mundial”[6], dijo en la conferencia internacional “Panorama de la práctica actual de la medicina y de nuestra sociedad” que dio en noviembre 1998 para la American Heart Association en homenaje a Paul White.

El Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación fue un faro en la historia de la cardiología argentina. No sólo por los servicios de alta complejidad que puso al alcance de la comunidad, sino también por la capacitación de un equipo de primer nivel y su contribución a la prevención de enfermedades.

Pero tras casi tres décadas de esfuerzos y sacrificios su sueño comenzó a resquebrajarse. Los éxitos de la Fundación chocaban estrepitosamente contra los balances negativos de sus finanzas. Favaloro encargó una auditoría interna y el resultado fue trágico: “Su financiamiento estaba en situación terminal”[7]. La fundación adeudaba 40 millones de dólares y tenía a su favor una deuda incobrable de casi 20 millones de dólares. Favaloro se negaba a dejar a los afiliados sin cobertura y la situación se tornaba inviable. Intentó obtener ayuda de las autoridades procurando que se le pagaran las deudas del Estado, pero no obtuvo respuesta. “Me he transformado en un mendigo. Estoy pasando uno de los momentos más difíciles de mi vida”[8], escribió a José  Claudio Escribano el 22 de junio del año 2000.

El viernes 28 de julio de 2000, agobiado por la situación, que hacía peligrar la continuidad de la institución y ya se había cobrado varios puestos de trabajo, le dijo a su secretaria Graciela Cordero: “El lunes no me puedo presentar acá, sabiendo que muchos queridos colaboradores ya fueron despedidos… Y que tienen familia”[9]. No volvería a la Fundación. Sumido en una profunda depresión, el 29 de julio se disparó un tiro en el pecho.


El día que el Dr. Favaloro visitó nuestra provincia y fué recibido por los Gauchos de Güemes. Y ya era una eminencia

CARTA DE DESPEDIDA DEL DR FAVALORO, ESCRITA ANTES DE SUICIDARSE 

Julio 29-2000 – 14:30 hs.

Si se lee mi carta de renuncia a la Cleveland Clinic, está claro que mi regreso a la Argentina (después de haber alcanzado un lugar destacado en la cirugía cardiovascular) se debió a mi eterno compromiso con mi patria. Nunca perdí mis raíces. Volví para trabajar en docencia, investigación y asistencia médica. La primera etapa en el Sanatorio Güemes, demostró que inmediatamente organizamos la residencia en cardiología y cirugía cardiovascular, además de cursos de post grado a todos los niveles. Le dimos importancia también a la investigación clínica en donde participaron la mayoría de los miembros de nuestro grupo. En lo asistencial exigimos de entrada un número de camas para los indigentes. Así, cientos de pacientes fueron operados sin cargo alguno.

La mayoría de nuestros pacientes provenían de las obras sociales. El sanatorio tenía contrato con las más importantes de aquel entonces. La relación con el sanatorio fue muy clara: los honorarios, provinieran de donde provinieran, eran de nosotros; la internación, del sanatorio (sin duda la mayor tajada). Nosotros con los honorarios pagamos las residencias y las secretarias y nuestras entradas se distribuían entre los médicos proporcionalmente. Nunca permití que se tocara un solo peso de los que no nos correspondía. A pesar de que los directores aseguraban que no había retornos, yo conocía que sí los había. De vez en cuando, a pedido de su director, saludaba a los sindicalistas de turno, que agradecían nuestro trabajo. Este era nuestro único contacto.

A mediados de la década del 70, comenzamos a organizar la Fundación. Primero con la ayuda de la Sedra, creamos el departamento de investigación básica que tanta satisfacción nos ha dado y luego la construcción del Instituto de Cardiología y cirugía cardiovascular.

Cuando entró en funciones, redacté los 10 mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado. La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza). Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos, como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno. Así, obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto.
¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno!
Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica.
Lo mismo ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país. Valga un solo ejemplo: el PAMI tiene una vieja deuda con nosotros, (creo desde el año 94 o 95) de 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente).

Si hubiéramos aceptado las condiciones imperantes por la corrupción del sistema (que se ha ido incrementando en estos últimos años) deberíamos tener 100 camas más. No daríamos abasto para atender toda la demanda.
El que quiera negar que todo esto es cierto que acepte que rija en la Argentina, el principio fundamental de la libre elección del médico, que terminaría con los acomodados de turno.

Lo mismo ocurre con los pacientes privados (incluyendo los de la medicina prepaga) el médico que envía a estos pacientes por el famoso ana-ana , sabe, espera, recibir una jugosa participación del cirujano.
Hace muchísimos años debo escuchar aquello de que Favaloro no opera más! ¿De dónde proviene este infundio? Muy simple: el paciente es estudiado. Conclusión, su cardiólogo le dice que debe ser operado. El paciente acepta y expresa sus deseos de que yo lo opere. ‘Pero cómo, ¿usted no sabe que Favaloro no opera hace tiempo?’. ‘Yo le voy a recomendar un cirujano de real valor, no se preocupe’. El cirujano ‘de real valor’ además de su capacidad profesional retornará al cardiólogo mandante un 50% de los honorarios!

Varios de esos pacientes han venido a mi consulta no obstante las ‘indicaciones’ de su cardiólogo. ‘¿Doctor, usted sigue operando?’ y una vez más debo explicar que sí, que lo sigo haciendo con el mismo entusiasmo y responsabilidad de siempre. Muchos de estos cardiólogos, son de prestigio nacional e internacional. Concurren a los Congresos del American College o de la American Heart y entonces sí, allí me brindan toda clase de felicitaciones y abrazos cada vez que debo exponer alguna ‘lecture’ de significación. Así ocurrió cuando la de Paul D. White lecture en Dallas, decenas de cardiólogos argentinos me abrazaron, algunos con lágrimas en los ojos. Pero aquí, vuelven a insertarse en el ‘sistema’ y el dinero es lo que más les interesa.

La corrupción ha alcanzado niveles que nunca pensé presenciar. Instituciones de prestigio como el Instituto Cardiovascular Buenos Aires, con excelentes profesionales médicos, envían empleados bien entrenados que visitan a los médicos cardiólogos en sus consultorios. Allí les explican en detalles los mecanismos del retorno y los porcentajes que recibirán no solamente por la cirugía, los métodos de diagnóstico no invasivo (Holter echo, cámara y etc., etc.) los cateterismos, las angioplastias, etc. etc., están incluidos.

No es la única institución. Médicos de la Fundación me han mostrado las hojas que les dejan con todo muy bien explicado. Llegado el caso, una vez el paciente operado, el mismo personal entrenado, visitará nuevamente al cardiólogo, explicará en detalle ‘la operación económica’ y entregará el sobre correspondiente!

La situación actual de la Fundación es desesperante, millones de pesos a cobrar de tarea realizada, incluyendo pacientes de alto riesgo que no podemos rechazar. Es fácil decir ‘no hay camas disponibles’. Nuestro juramento médico lo impide.
Estos pacientes demandan un alto costo raramente reconocido por las obras sociales. A ello se agregan deudas por todos lados, las que corresponden a la construcción y equipamiento del ICYCC, los proveedores, la DGI, los bancos, los médicos con atrasos de varios meses. Todos nuestros proyectos tambalean y cada vez más todo se complica.

En Estados Unidos, las grandes instituciones médicas, pueden realizar su tarea asistencial, la docencia y la investigación por las donaciones que reciben. Las cinco facultades médicas más trascendentes reciben más de 100 millones de dólares cada una! Aquí, ni soñando.
Realicé gestiones en el BID que nos ayudó en la etapa inicial y luego publicitó en varias de sus publicaciones a nuestro instituto como uno de sus logros!. Envié cuatro cartas a Enrique Iglesias, solicitando ayuda (¡tiran tanto dinero por la borda en esta Latinoamérica!) todavía estoy esperando alguna respuesta. Maneja miles de millones de dólares, pero para una institución que ha entrenado centenares de médicos desparramados por nuestro país y toda Latinoamérica, no hay respuesta. ¿Cómo se mide el valor social de nuestra tarea docente?
Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar.
La mayoría del tiempo me siento solo. En aquella carta de renuncia a la C. Clinic, le decía al Dr. Effen que sabía de antemano que iba a tener que luchar y le recordaba que Don Quijote era español! Sin duda la lucha ha sido muy desigual.
El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse.
Hemos tenido varias reuniones, mis colaboradores más cercanos, algunos de ellos compañeros de lucha desde nuestro recordado Colegio Nacional de La Plata, me aconsejan que para salvar a la Fundación debemos incorporarnos al ‘sistema’.
Sí al retorno, sí al ana-ana.
‘Pondremos gente a organizar todo’. Hay ‘especialistas’ que saben cómo hacerlo. ‘Debés dar un paso al costado. Aclararemos que vos no sabés nada, que no estás enterado’. ‘Debés comprenderlo si querés salvar a la Fundación’ ¡Quién va a creer que yo no estoy enterado!
En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil.
No puedo cambiar, prefiero desaparecer.
Joaquín V. González, escribió la lección de optimismo que se nos entregaba al recibirnos: ‘a mí no me ha derrotado nadie’. Yo no puedo decir lo mismo. A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla.
Estoy cansado de recibir homenajes y elogios al nivel internacional. Hace pocos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular. El año pasado debí participar en varios países desde Suecia a la India escuchando siempre lo mismo. ‘¡La leyenda, la leyenda!’
Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario se castiga. Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que viene de mis lejanos años en Jacinto Arauz.
Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata. No puedo cambiar.

No ha sido una decisión fácil pero sí meditada. No se hable de debilidad o valentía. El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano. Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad.
Estoy tranquilo. Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así.
En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta.
En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara.
A mi familia, en particular a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco.
Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz, allá en La Pampa.
Queda terminantemente prohibido realizar ceremonias religiosas o civiles.

Un abrazo a todos. René Favaloro

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

[1] René Favaloro, Recuerdos de un médico Rural, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2011.
[2] Renée Sallas, “René Favaloro: ‘No me siento un hombre imprescindible’”, en Revista Gente, N° 1793, pág. 42.
[3] René G. Favaloro, De la Pampa a los Estados Unidos, Buenos Aires, Penguin Random House, 2012.
[4] Renée Sallas,  Op. Cit., pág. 42.
[5] Revista Gente, N° 1828, 1º de agosto de 2000, pág. 28.
[6] http://www.fac.org.ar/cvirtual/cvirtesp/cientesp/chesp/chc5704c/cfavalo.htm
[7] Revista Gente, N° 1828, ibídem,pag 14.
[8] Ibídem, pág. 17.
[9] Ibídem, pág. 128.

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