Proteger el medio ambiente, la mejor vacuna frente a las pandemias que están por venir

Un microorganismo ha sido capaz de acorralar al mundo y poner al ser humano frente al espejo de su propia fragilidad. El daño que ha provocado es devastador, pero muchos expertos advierten de que esta pandemia no es más que un adelanto de lo que está por venir. La Organización Mundial de la Salud ya ha pedido a los países que se vayan preparando para escenarios aún más catastróficos, porque el contacto con nuevos virus se va a intensificar en los próximos años. Sin embargo, los científicos recuerdan que todavía hay margen de maniobra, aunque hay que actuar rápido. Una de las medidas más urgentes es proteger la biodiversidad para que esta actúe como un escudo protector frente a futuras epidemias.

Como cada 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, una fecha designada por Naciones Unidas para fomentar la acción ambiental. Su tema central en 2020 es la biodiversidad, y el organismo internacional recuerda eventos recientes como los incendios forestales que han asolado países como Australia o Brasil, la invasión de langostas en el Cuerno de África y ahora la pandemia de COVID-19, que "demuestran la relación inextricable entre los humanos y las redes de la vida".

Por ello, la ONU hace un llamamiento a los ciudadanos de todo el mundo para que se conviertan en "parte de la solución". Advierte de que la naturaleza está "al borde del colapso" y de que es "probable" que en las próximas décadas desaparezcan un millón de especies animales y vegetales. El cambio climático, la deforestación, la destrucción de hábitats, el tráfico de especies, la agricultura intensiva o la sobreexplotación de los mares han alterado el equilibrio de los ecosistemas, y esta pérdida de biodiversidad tendrá graves consecuencias para la humanidad.

Biodiversidad y salud humana, muy relacionadas

La biodiversidad es la base que sustenta la vida en el planeta Tierra. Tiene relación con todos los aspectos de la salud humana. Proporciona agua y aire limpios, alimentos saludables, conocimiento científico, fuentes de medicamentos, resistencia a enfermedades naturales y mitigación del cambio climático. Destruirla o vivir de espaldas a ella es una actitud suicida que conduce a un callejón sin salida.

"Proteger la naturaleza es una vacuna metafórica que tiene una ventaja y un inconveniente", manifiesta a RTVE.es Fernando Valladares, ecólogo e investigador del CSIC, "el inconveniente es que no es tan específica ni tan perfecta como una vacuna de diseño, y no nos va a salvar con un nivel de seguridad clínicamente probado, pero sin embargo tiene una grandísima ventaja, y es que es preventiva. Nos previene de las siguientes pandemias, y habiendo visto lo mal que lo hemos hecho en esta, es mejor prevenir".

Durante las últimas décadas, el estado de los ecosistemas se ha deteriorado de manera muy preocupante. Como recuerda Valladares, hay varios trabajos y estudios científicos que relacionan claramente la pérdida de biodiversidad con un aumento del riesgo de zoonosis -enfermedad animal que se transmite a los humanos-. Esta menor variedad de especies animales "incrementa sobre todo la concentración y la cantidad de lo que llamamos carga vírica, si se trata de un virus, ya que en los ecosistemas más degradados la cantidad de patógeno aumenta y también lo hace el riesgo de que acabe pasando a la especie humana en un contacto eventual", puntualiza este científico que desarrolla su trabajo en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.


Los virus, como parte del ecosistema
Fernando Valladares defiende que los virus forman parte del ecosistema, algo que puede llegar a ser difícil de aceptar. "Una de las lecciones de la naturaleza que tenemos que asumir, nos guste o no, es la coexistencia, e incluso la convivencia con un montón de organismos, muchos de ellos letales para nosotros, -dice-, y esa coexistencia se puede hacer a las bravas o se puede hacer con un poco más de prudencia, disminuyendo los riesgos ante ese contacto fatal". 

"Ahí es donde interviene un sistema bien conservado en el que las interacciones entre los distintos organismos y microorganismos, no ya de la especie humana con el patógeno, se regulan entre ellos y al final el resultado es una amortiguación global de ese riesgo de infección", prosigue el ecólogo.

Para Valladares, la prioridad no debe ser erradicar los virus, "porque siempre aparecerá otro". "El dicho de 'muerto el perro, se acabó la rabia' es una tontería, porque tú matas al perro y seguirá habiendo rabia, ya que seguirá estando en murciélagos, en zorros… ¿Vamos a matar a todos los animales que se muevan para que no haya rabia? Es una batalla imposible de ganar. Fuera y dentro de nuestro propio organismo coexistimos con un montón de patógenos, y lo mejor es comprender cómo funcionan. También, por supuesto, desarrollar fármacos para intentar defendernos activamente cuando la cosa se pone complicada, pero la mejor inversión a largo plazo son unos ecosistemas íntegros, bien conservados, compuestos de muchas especies; que regulen y hagan que estos patógenos no alcancen extremos".

Un equilibrio fundamental
En esta misma línea, Luis Suárez, coordinador de conservación de WWF España, coincide en la necesidad de proteger a los ecosistemas para, en última instancia, protegernos a nosotros mismos. "Estamos rodeados por muchísimos agentes como virus, bacterias y otros potenciales patógenos que desconocemos, y cuando los ecosistemas están en equilibrio, estos potenciales patógenos se mantienen en la naturaleza y la probabilidad de que lleguen al ser humano es muy baja", explica a RTVE.es.

"La naturaleza tiene un efecto de dilución de estos patógenos. Pero cuando alteramos los equilibrios naturales, destruimos la naturaleza, perseguimos especies y además vamos a capturarlas a los rincones más recónditos, comerciando y traficando con ellas, se multiplican las probabilidades de que el contagio se produzca", añade.

La irrupción de la COVID-19, como un tsunami que ha arrasado el mundo a su paso, ha puesto en evidencia la importancia de la biodiversidad. A nivel mundial, mil millones de personas sufren enfermedades infecciosas cada año, y millones de ellas mueren debido a las enfermedades causadas por los coronavirus. Alrededor de un 75% de todas las enfermedades infecciosas emergentes en humanos son zoonóticas.

"Hay un dato que es muy interesante: solo conocemos del orden de 5.000 virus, pero se estima que en la naturaleza puede haber entre 1,5 y 2 millones de virus, -prosigue el responsable de la organización ecologista-, si se mantiene el equilibrio de los ecosistemas la probabilidad de que esos virus salten al ser humano es bajísima o nula, pero si se altera es donde tenemos el problema".

El SARS-CoV-2, un virus zoonótico
Los coronavirus son una familia de virus que causan infección en seres humanos y en una variedad de animales, como aves y mamíferos. El SARS-CoV-2, causante de la enfermedad COVID-19, es zoonótico, es decir, puede transmitirse entre animales y humanos. Su análisis filogenético ha mostrado un estrecho parentesco con los coronavirus que infectan a murciélagos, igual que ocurrió con el SARS en 2003 y con el MERS en 2012. Pero antes de que mutase y adquiriese su capacidad de infectar a las personas, pasó al menos por otro animal intermedio que aún se desconoce (en el SARS este segundo hospedador fue la civeta, mientras que en el MERS fue el dromedario).

"El grado de responsabilidad del ser humano en pandemias como la de COVID-19 es total", opina Luis Suárez, al mismo tiempo que destaca un hecho inquietante: "estamos viendo que las enfermedades de origen animal, las zoonosis, se están incrementando en los últimos años, y detrás se encuentra la acción del ser humano, básicamente al desequilibrar la naturaleza".

El hecho de que los indicios del origen del nuevo coronavirus apunten a un mercado de la ciudad china de Wuhan no es casual. Pocos lugares ilustran con tanta crudeza la amenaza zoonótica como los denominados "mercados húmedos" que se multiplican en China y en otros países de Asia. Estos recintos son auténticas bombas biológicas de relojería, y en las últimas semanas se han multiplicado las campañas a nivel internacional para pedir que se prohíba en ellos la venta de animales vivos.

"Traficar con especies trasladándolas de un continente a otro, transportándolas en condiciones penosas y vendiéndolas luego en mercadillos donde se mezclan especies salvajes con domésticas, animales vivos con muertos, y encima con mucha presencia humana favorece el que los virus puedan transmitirse de una especie a otra y finalmente llegar al ser humano", declara el biólogo de WWF, cuya organización ha lanzando la iniciativa ‘La naturaleza te protege, lucha por tu naturaleza’ con motivo de este Día Mundial del Medio Ambiente.

Los "mercados húmedos" son auténticas bombas biológicas de relojería. ISTOCK

Ecosistemas, comercio animal, cambio climático y granjas
"Nosotros venimos alertando de que hay cuatro grandes elementos básicos que facilitan la dispersión de este tipo de enfermedades. El primero es la alteración de los ecosistemas naturales y la pérdida de las grandes superficies de bosque y de selva. Después está la persecución de las especies animales y su comercio. Luego, el cambio climático, que contribuye, por ejemplo, a través de la dispersión de vectores como los mosquitos. Y por último no podemos olvidarnos de la agricultura y la ganadería, que se han intensificado con una producción muy artificializada, y son destructoras de la naturaleza, al mismo tiempo que provocan el hacinamiento de las granjas", enumera, mientras señala que no faltan indicios científicos que sugieren que "especies en granja como puedan ser perros mapaches, visones e incluso cerdos pueden estar implicados en la actual pandemia".

El problema se agudiza en un mundo más globalizado que nunca, donde el movimiento de personas, seres vivos y mercancías es frenético. Cualquier enfermedad infecciosa que surja en un rincón remoto, como puede ser una ciudad de China o del sudeste asiático, tiene el potencial de adquirir una dimensión planetaria en apenas unas semanas. El ejemplo insoportable lo tenemos encima.

La crisis provocada por el nuevo coronavirus ha supuesto una ruptura sin precedentes en varias décadas, al mismo tiempo que ha servido para evidenciar la inconsistencia de un mundo en apariencia sólido, pero que ha amenazado con derrumbarse igual que un castillo de naipes ante las primeras embestidas de la enfermedad. Toda crisis es un punto de inflexión que invita a replantearse el futuro, y el nuevo horizonte que renazca de las cenizas de la pandemia no puede ser ajeno a la relación del ser humano con la naturaleza. Aunque solo sea por una cuestión de supervivencia.

Por SAMUEL A. PILAR Para: rtve.es 

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