Esa puta incertidumbre

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Los días se siguen acumulando, haciendo que esta mochila del encierro sea cada vez más pesada e insoportable.

Y pasan a veces con la lentitud de una babosa enmuletada y otras, con la rapidez de un galgo hambriento. No sé, pero todavía no terminamos de acomodarnos a esto tan raro que estamos viviendo. O más bien nadie quiere hacerlo en este extraño mundo de transición.

Pasan los días y seguimos sin certezas de nada y lo cierto es que estoy harto.

Lo cierto es que estamos hartos.

De a poco pareciera que comenzamos a desconfigurarnos a como éramos antes de la porquería ésta de la peste.

Y se fue Abril. Así, empaquetado y en desuso, con cientos y cientos de pendientes se fue nomás. Tal como Sabina alguna vez lo lamentó en alguna melancólica canción. Pero esta vez sabemos quién es el coronado e inimputable ladrón que lo ha a robado.

Me pregunto cada tanto, ¿Hasta cuándo veremos cómo el insomnio toma mates con la siesta, mientras la noche le canta falta envido a la mañana?

Afuera las calles se volvieron abismales a la vista y los pasos ya no planchan más la prisa. Pero aquí adentro, en tenso clima, la paciencia y la ansiedad juegan al piedra, papel o tijera.

¿Quién carajo nos estará esperando al final de éste túnel? ¿Será una apacible Ave Fénix o será el mismísimo Godzilla?

¿Cuánto tiempo más de escuchar esos lejanos ladridos por las noches?

Cada tanto le juego una partida de ajedrez a mi aburrimiento, pero ya me tiene de hijo y me gana hasta con el caballo maniatado en sólo algunos movimientos.

Hoy parece que nadie tiene la razón y al no haber nadie que la tenga es que sucede que todo puede ser real, o no.

Lo que parece no es y lo que es, hasta no parece. Todos dicen y dicen. ¿Viste como en un mundial? Bueno así, lleno de directores técnicos, pero hoy infectólogos de cotillón al por mayor.

Don Humberto Eco tenía razón cuando decía que las redes permiten que la opinión de los "necios" tenga la misma relevancia que "la de un premio Nobel". Y así estamos.

Pero también prendés la tele o lees algún medio y es casi como escuchar al verdulero de la esquina queriéndote convencer de que lleves un kilo de quinotos por las dudas. Y entonces ya no sabés si reir o putear en este enorme revuelto gramajo de emociones.

Mientras tanto, la necesidad le pelea a puño limpio a esa bendita curva de la que hablan, que en vez de aplanarse, saca panza como muchos de los reposteros que afloraron por estos días.

¿Cuánto más faltará para que termine ésto? ¿Qué va a pasar después? ¿Seremos mejores? ¿Los buenos se estarán potenciando o los pelotudos se estarán capacitando? Pues, a mi razón, me parece que hay indicios de ambas cosas.

¿Qué o cuánto van a cambiar las cosas después de ésto? O tal vez sea como decía el viejo Darwin hace muchos años, “Las especies que subsisten no son las más fuertes, ni las más rápidas, ni las más inteligentes, sino aquellas que se adaptan mejor al cambio”. ¿Entonces será que habrá que adecuarse indefectiblemente a un nuevo entorno? Pues no sé, vaya uno a saber que carajo va a pasar.

Lo cierto es que estamos todos infectados de esta sensación horrible. Y la esperanza a veces se prende como un foco titilante que no se sabe si va quedar encendido o no.

Y también hay tristeza y angustia dando vueltas, porque más allá del romanticismo literario que uno quiera darle con los encuentros y abrazos postergados, hay otros tantos que la crisis les está zamarreando el bote con alevosía. Y según se estima también, la cosa se podría poner más difícil, pero tampoco nadie conoce los extremos o cuán calamitoso sería.

¿Cuánto más faltará? Te juro que los sueños ya no saben que más soñar.

Y el horizonte se volvió tan oscuro e impredecible, aunque a veces pareciera aclarar un poco pero de vuelta se tiñe todo de confusos tonos.

¿Qué será del mundo después de todo esto? ¿A cuánto estaremos del próximo mejor brindis con amigos? ¿Cuánto faltará para la próxima gran reunión familiar?

¡Que ambiguo y loco se ha vuelto todo en tan poco tiempo! De las formas que teníamos organizados los días, solo quedó un mazacote de pensamientos que de a ratos no saben por dónde empezar a rellenar este bache. Y peor aún cuando los domingos y los martes intercambian camisetas, confundiendo aún más el asunto.

Y así pasan los días y seguimos sin saber que va a pasar.

Y así seguimos… con esta puta incertidumbre.

Por Nacho Ches, escritor salteño

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