El aislamiento, los Incas y el Apolo 11

OPINIÓN Por Nacho Ches
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Por estos días en los que el mundo entero habla y remil habla de lo mismo mientras que nuestros cuerpos, a punto están de caminar por las paredes debido al encierro, es oportuno saber porqué todo nuestro esfuerzo es absolutamente necesario para evitar la propagación de ese bicho que anda acechando por ahí.

Pareciera que muchos aún no advirtieron la dimensión de lo que está sucediendo afuera o de lo que puede llegar a pasar en no mucho tiempo si no seguimos en estado de lucha desde nuestras casas, tal como lo estamos haciendo.

Es difícil, es cierto. No estamos acostumbrados, nadie nos preparó para esto y hasta el día de hoy seguimos tratando de asimilarlo en una batalla inquebrantable contra nuestro inconsciente, que aún, mantiene fresco el roce de la cotidianeidad relegada.    

Hoy la presunción hizo añico todas, pero todas las certezas. Y las verdades acerca de soluciones o plazos de normalidad, se volvieron sólo un maquillaje para los discursos. El futuro cercano hoy es incierto.

El primer mundo, con todo el sistema financiero a su merced, está siendo azotado. Hospitales y centros de emergencia con equipamiento de primera generación, están siendo desbordados y hasta los ejércitos más poderosos de la tierra se volvieron inútiles en esta “guerra”, tal como dijeron muchos mandatarios.

¿Entonces que nos podría hacer pensar que acá no vamos a correr la misma o peor suerte? Acá donde tenemos en muchos casos, hospitales atados con alambres y ya de por si saturados como algo corriente?

En cuanto a prevención está todo dicho prácticamente y el aislamiento, como ya lo dijeron una y cincuenta mil veces, es el único escudo que tenemos para defendernos con veracidad hasta que haya algo concreto que mate ese bicho. Y el optimismo más rozagante te podría hablar de meses, porque la fabricación y distribución de una vacuna a escala global, no es como soplar y hacer botellas.

Es duro, pero hay que ser realista también para aquietar esa ansiedad que nos desvela y acomodar la cabeza para que no crea que al final de los términos de la cuarentena vamos a salir como si nada hubiera sucedido a retomar el ritmo habitual de nuestras vidas. Más bien habría que pensar en el después de la pandemia en sí para volver a la vida que llevábamos hace unos meses. Y por un tiempo, las cosas ya no van a ser como antes. Lo real es lo que está pasando y hay que entender además, que detrás de la cuarentena hay un mundo en crisis, o al menos el mundo en el que nos desenvolvemos.

Algunos dirán que las medidas que se están tomando son exageradas o que se podrían buscar variantes para evitar la completa detención de las ciudades, pero es la única manera de menguar una calamidad y que en no mucho, estemos lamentando lo que ni siquiera me animo a escribir.   

Y lo peor y más imperdonable sería llegar a un escenario inmanejable cuando hoy corremos con la ventaja de que todo lo sucedido en Europa y Asia nos lo van advirtiendo desde hace semanas.

Lamentablemente todo esto viene con un costo altísimo y como nunca la rueda de la economía sin rodaje está poniendo de rodillas a muchas empresas, como también a otros sectores que viven del día a día y nadie puede asegurar lo que va a pasar.

El gobierno argentino ya decidió. Y habían sólo dos opciones para este momento excepcional que vive el mundo: Detener todo e ir parchando las consecuencias a diario, pero estar preparado mínimamente para afrontar el virus o dejar que el caos tome las riendas y estemos guardados, pero ya no por caución, sino porque no nos podamos levantar de nuestras camas o porque hayamos visto el horror en persona. Y el costo político de ello hubiera sido casi similar a una inmolación que los libros de historia no dejarían nunca de echar leña.

Y como dije en un principio de la nota, hay muchos que todavía no tomaron una real dimensión del hecho histórico en el que estamos sumidos y por eso no tenemos más que amoldarnos al día a día y dejar que el tiempo mismo sea el que vaya alimentando o disipando nuestras expectativas.

¿Pero que tanto daño puede hacer eso de lo que nos protegemos?  

Pues, a esa cosa poco le importa si sos la Reina de Dinamarca o el carnicero de la vuelta de casa. Las pandemias a lo largo de la historia han hecho estragos a su paso.

Meses después de la llegada de Pizarro a las costas peruanas en 1531, la viruela, que también venía de polizón en algún navío, se propagó por todo el territorio que abarcaba el Tahuantinsuyo con severas consecuencias. Tanto es así que se cree que por aquel entonces habitaban esa región, que iba desde Colombia hasta el centro oeste de Argentina y la mitad norte de Chile, unos 15 millones de personas y al cabo de unos años la población se vió diezmada a tan sólo unos 600 mil.

El Imperio Inca, el de los hombres que podían hacer fortalezas en lugares casi imposibles para los ojos del hombre moderno, fue arrasado por aquel microscópico invasor y que además conspiró para el posterior sometimiento por parte de los conquistadores. Y hasta el mismísimo emperador Inca Huayna Capac, se dice que falleció enfermo años antes por otra epidemia, también de viruela, que había llegado en otras expediciones.

Para ese entonces, la densidad poblacional era un poco mayor a los 3 habitantes por kilometro cuadrado y fue suficiente para que se propagasen enfermedades por contacto en la mayor parte del territorio, salvo en los lugares donde el aislamiento por cuestiones naturales así lo impidió.

Ahora, imagináte entonces si aquí no se tomaran las medidas que hoy están vigentes y teniendo en cuenta que actualmente la densidad poblacional de la Ciudad de Buenos Aires es de más de 14.000 habitantes por kilómetro cuadrado. A todo esto sumále los medios de transporte masivos que en aquel entonces no existían.

Y me dirás ¿Que tiene que ver ésto con aquello? Pues bien, y dejando de lado el mayor o menor grado de nocividad de una u otra, para la viruela (erradicada en 1978), en su momento no habían vacunas. Para el Coronavirus hoy, tampoco. Lo que sí tenemos a nuestro favor, es que sabemos con quien tratamos y a quienes más perjudica.

No quiero decir con esto, en lo absoluto, que los consecuencias vayan a ser similares, más bien indicar que todo este esfuerzo que hacemos es casi inobjetable y que algunos que aún no tomaron conciencia deberían darse un baño de realidad y saber que los tiempos están bastante bravos y ojalá y para el bien de todos se aquieten lo más pronto posible. Pero mucho va a depender de nosotros.  

Allá por el 69 cuando el Apolo 11 partió rumbo al espacio, nadie hubiera imaginado que días después, el 20 de Julio, iba a quedar marcado en varios países como el día del amigo, ya que se decía que tal acontecimiento hermanaba a todos los hombres, más allá del color, religión o ideologías. Todo el mundo entero se encontraba detrás de una pantalla siguiendo tal evento. Al igual que lo estamos hoy, siguiendo las novedades de lo que afuera acontece.

Tiempo éste, que debería quedar marcado para la posteridad como el año de la solidaridad, pues del esfuerzo de todos durante y después del temporal va a depender cuán airosos pasemos este mal rato. 

Por Nacho Chesa 

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