El día que Los Chalchaleros cantaron en la Antártida

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Dieron un histórico recital en la Base Marambio, como parte de los festejos de sus 50 años de trayectoria

Nota publicada en Diario Clarin en Abril de 1999

El Hércules está a punto de aterrizar en la Antártida.

El avión es veterano y noble. Hace casi cuatro horas que salió de Río Gallegos y lleva a periodistas, militares, técnicos y científicos civiles y a Los Chalchaleros que, como parte del festejo de sus 50 años y auspiciados por una AFJP, van a realizar en la Base Marambio el recital más austral del mundo. Pero ahora están en el avión, y corcovea, y Facundo Saravia regala una cara como salida de la película La delgada línea roja. Un rostro de terror. Pancho Figueroa hace como que no pasa nada y Polo Román ve cómo su bombo se bambolea entre bolsos en el rincón norte de la panza de la nave.

En la cabina, junto al piloto, Juan Carlos Saravia se relame perversamente observando cómo se lleva a cabo el complicado aterrizaje. Es impresionante -dice-. Si bajaba dos segundos antes nos hacíamos torta. El comandante es un genio. Aterrizar acá es un milagro.

La Antártida como un misterio majestuoso. La isla Marambio como un gran rolito en medio de la nada. La base y sus asentamientos como pecas naranjas en el blanco.

Los Chalchaleros bajan del avión como Los Beatles cuando pisaron por primera vez los Estados Unidos. Apenas un poquito más de viento. La base -71 personas estables- se alborota. Hay saludos más o menos formales, fotos de rigor y una emoción que envuelve. Todos están con los uniformes antárticos: mamelucos y camperones naranjas, orejeras, botas, anteojos.

Un capitán de navío abraza a un gordito anónimo, confundiéndolo con Juan Carlos Saravia. El uniforme impide el paso del frío y también reconocer las caras. Alrededor, el espectáculo estremece: la isla, más allá el mar congelado, témpanos, el rompehielos Irízar a tres kilómetros y el sonido agudo del viento. Un naranja informa: diez grados bajo cero, dieciocho de sensación térmica.

Ya en la base, Los Chalchaleros se desparraman entre el comedor y las habitaciones. En una mesa, se improvisa una rueda y Juan Carlos Saravia despliega su carisma. Habla de Muñeca brava (sí, la tira de Natalia Oreiro), ironiza sobre la gira de Antonio Tormo y Alberto Castillo por los Estados Unidos, se ríe del miedo de su hijo a los aviones y comenta: Recién ahora nos auspicia una AFJP. Será porque ya estoy medio gagá. Alguien habla de los (ahora) gloriosos enlaces de las transmisiones de fútbol de José María Muñoz con la Base Vicecomodoro Marambio y Facundo evoca el rotundo cordero patagónico de la noche anterior, en Río Gallegos. La cena fue en el paquete Club Británico (donde se filmó la escena del brindis final de La Patagonia rebelde, aquella mueca histórica del general que personificó Héctor Alterio), regada con buen vino y concluida con una partida de truco entre la dupla Román-Figueroa y una pareja de locales. Resultado: estrepitosa derrota chalchalera. Pero nadie quiere hablar de eso.

En la Antártida, la noche llega como un monstruo lento. Hay una sensación de colimba amable: muchachos que barren el comedor, que ubican las sillas frente a un pequeño escenario como si fuera un mitin político. De fondo se escucha un disco de Julio Iglesias. A las diez y cinco aparecen los fabulosos cuatro, con su impecable indumentaria gaucha.

Ciento cincuenta personas ovacionan al conjunto. Sin micrófonos, con las luces encendidas, largan Los Chalchaleros. Antes, Saravia padre dice: Vamos a empezar con algo conocido, como para romper el hielo. El chiste es el preludio para una catarata de éxitos: La nochera, Zamba de los chalchaleros, Merceditas, Si de cantar se trata, La luna cautiva, Zamba de Vargas, Chacay Manta, La López Pereyra, Luna tucumana y Zamba de mi esperanza. Esas canciones, en ese cascote antártico, cobran una dimensión singular.

En el medio del recital, hay frases obvias pero que aquí retumban fuerte. Es un honor cantar para ustedes, que están haciendo grande la Patria, dice Saravia. Y después le entrega al jefe de la base, el vicecomodoro Oscar Celiz, un poncho y un álbum con cinco compactos de Los Chalcha (para que aflojen con Julio Iglesias). Celiz toma la posta, dice un florido discurso y finaliza: Quiero sintetizar todo en una palabra: muchas gracias. La tropa se desbanda hacia las piezas y sólo los bravos le hacen frente a la madrugada: Pancho Figueroa y algunos periodistas.

Al día siguiente amanece nublado. Es el día de la partida. El Hércules sale o no sale es el dilema shakespeareano: si las condiciones meteorológicas no son perfectas, no hay vuelo. A la tarde, el cielo está despejado y parece que el avión va a poder despegar. Antes, Los Chalchaleros hacen una producción fotográfica en medio de la nieve, con sus ponchitos inofensivos. El frío les pega en todo el cuerpo: ellos resisten como gallardos gauchos de Güemes en el fin del mundo. Pensar en Buenos Aires, 3.600 kilómetros al norte, es casi una fantasía o un disparate.

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