El Parque San Martín, su historia

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El Parque San Martín a comienzos del siglo XX. Fotografía: Fototeca Biblioteca Privada J. Armando Caro.

Por Gregorio A. Caro Figueroa

En un artículo que escribí en 1975 sobre el Parque San Martín de Salta, conjeturé que, en diez años más, la ciudad de Salta no contaría con espacios verdes necesarios para una mejor calidad de vida de sus habitantes. El crecimiento urbano se habría extendido como una mancha de aceite por el contorno rural. El campo se habría alejado de la ciudad. Quedarían en ella pocas huellas de su mejor pasado reciente.

La imagen de ciudad pequeña, con su núcleo urbano salpicado de quintas y despreocupada por la escasez de espacios libres, habría dado lugar a los primeros conflictos derivados de la falta de visión de futuro: crecimiento desordenado, desinteresado por las tendencias demográficas, sin brújula de plan regulador, acelerado deterioro de su casco histórico y huérfana de toda elemental previsión.

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El Jardín Incaico se construyó a finales de la década de 1930. Fotografía: Gentileza Fototeca Biblioteca Privada J. Armando Caro.

Recién cuando se tome conciencia del crecimiento demográfico y la expansión urbana se advertirá que sucesivas administraciones no tuvieron en cuenta las proporciones entre espacios habitados y espacios libres. Lo más sombrío de este panorama es que, mientras la ciudad crece, se siguen ignorando principios básicos. No sólo no se extienden los espacios verdes sino que no se preserva, se destruye y se amputa los existentes hace un siglo.

La ciudad crece a expensas del desorden, a golpes de cortoplacismo. A ese crecimiento librado a la improvisación, contribuye la iniciativa privada guiada por el lucro duro y puro, decisiones oficiales improvisadas, erráticas, y contradictorias, que confunden soluciones con parches, sin tener cuenta el largo plazo. El Parque San Martín es un caso antiguo y visible de ello.

Al sudeste de la ciudad, con el pomposo nombre de Parque San Martín, se extiende un conjunto de plazas y plazoletas diseminadas en ocho manzanas, desde la proximidad del Portezuelo, en la falda del cerro San Bernardo, antiguo acceso a la ciudad, al cruce de la avenida San Martín y calle Buenos Aires, a tres cuadras de la Plaza 9 de Julio.

El Parque, cuyo origen fue una plaza, parece condenado a volver a ese origen, al estar sometido a la creciente presión de una economía informal que busca expandirse a costa de suprimir sus espacios verdes. La instalación de la Terminal de Micros asestó un duro golpe. Además de devorar espacios verdes y estar mal ubicada, hoy es la peor terminal de todas las ciudades del noroeste argentino.

A ese espacio mutilado y a ese paisaje depredado se añaden árboles talados, estatuas abandonadas, edificaciones y puestos de venta desde comida a ropa, que pasan de transitorios a permanentes, playas de estacionamiento, y áreas convertidas en “zonas rojas”.

Salta, por debajo del parámetro

A lo largo de los últimos sesenta años ese espacio verde, destinado a principal parque de la ciudad, se fue convirtiendo en campo de ensayo de penosas y temerarias reformas improvisadas, dispuestas por autoridades municipales que no sólo cedieron a esas presiones sino que, en los últimos treinta años, las consintieron y hasta las alentaron con “decisiones políticas” destinadas a realimentar el clientelismo.

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Antigua imagen del lago del Parque San Martín. Fotografía: Gentileza Fototeca Biblioteca Privada J. Armando Caro.

En 1947 el casco histórico de la ciudad de Salta se reducía a un conjunto de manzanas enmarcadas por cuatro avenidas. Ese año la capital de Salta tenía 67.403 habitantes. Veintiocho años después, en 1975, se aproximó a los 200.000; en 1991 alcanzó los 367.550 y en 2010, llegó a los 554.000 habitantes. Se estima que hoy, en 2017, la ciudad tiene 627.000 habitantes. De modo que en 70 años, su población se multiplicó más de nueve veces.

En la superficie de 172.200 hectáreas que tiene la ciudad, sólo hay 500 hectáreas de espacios verdes, distribuidos en más de cien plazas. En marzo de 2015 se inauguró el Parque del Bicentenario, al Norte de la ciudad de Salta. El nuevo parque, de 11 hectáreas, es el aporte más importante en un siglo en este tema.

El Parque 9 de Julio de la ciudad de Tucumán, cuando se inauguró en 1916, tenía 400 hectáreas. Con el tiempo y la construcción de edificios públicos y privados se redujeron a 100 hectáreas. En los años ’60 se sumó el Parque Avellaneda, y en 1970 el Parque Guillermina.

Sabemos que “los espacios verdes son considerados los pulmones de las ciudades, permiten mantener la relación entre los habitantes y la naturaleza y mejoran la salud de la población a través de la purificación del aire”.

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Zoológico en los inicios del siglo XX en el Parque San Martín. Fotografía: Gentileza Fototeca Biblioteca Privada J. Armando Caro.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que las ciudades dispongan, como mínimo, de un área verde de entre 10 a 15 m² por habitante, distribuidos proporcionalmente en relación a la densidad de población. La Comunidad Económica Europea (CEE) fijó estándares de 10 a 20 m² por habitante. En Salta, tomando el mínimo de 10 m², esa relación no alcanza los 8 m² de área verde por habitante.

De zona insalubre a parque

 Hacia 1880, el único paseo público de la ciudad de Salta era la plaza principal, donde se cumplía puntualmente el ritual de la provinciana “vuelta del perro”. Allí concurrían las jóvenes casaderas, “a ostentar sus gracias en las tibias y deliciosas tardes de verano”. Aquel era un sitio tan exclusivo como excluyente, al menos en determinados días y horas. Aquella cerrazón alguna vez fue incluso física, pues una verde cerca de madera y naranjos en doble fila, eran barrera protectora del paseo principal.

En 1894 se inauguró el primer monumento de la ciudad: el erigido en el centro de la Plaza Belgrano en recuerdo al general Manuel Belgrano. En aquel acto estuvieron presentes el joven Leopoldo Lugones y el niño Juan Carlos Dávalos. El gobierno había adquirido el terreno para esa plaza en 1872. A finales del siglo XIX, la ciudad comenzó a sentir “la necesidad de ensanchar sus pulmones”, y de obras de saneamiento que mejoraran la calidad de vida de sus habitantes.

Fundada sobre un sitio insalubre, rodeada de “tagaretes”, pantanos, sin agua corriente ni cloacas, con viviendas precarias en su mayoría y asediada por el paludismo, tales eran las condiciones en que la ciudad de Salta ingresaba al siglo XX. El progreso se anunciaba como portador de remedios de alguno de esos males y la modernidad con promesas de una vida mejor.

Esa modernidad se manifestó en la incorporación tardía de algunos de los adelantos que los grandes centros urbanos lucían desde la segunda mitad del siglo XIX: agua corriente, luz eléctrica, ferrocarril, nivelación y adoquinado de las calles, trazado de veredas, alumbrado a gas, telégrafo, teléfono, teatros, apertura de “bulevares”, clubes, confiterías, hoteles y casas de comercio con productos nacionales e importados. En 1879 se autorizó la apertura del boulevard Belgrano.

Ese barniz moderno no era suficiente para ocultar la modestia más extendida, herencia de un pasado aún sobreviviente. Esas ventajas no se repartían con un mínimo de equidad: las distancias económicas, sociales, educacionales y habitacionales siguieron siendo abismales. En 1887 la tierra sobre o cerca de la Plaza 9 de Julio se vendía a $25 el m2, en los suburbios costaba sólo 4 centavos, señala James Scobie.

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Zoológico ubicado en el Parque San Martín. Fotografía: Gentileza Fototeca Biblioteca Privada J. Armando Caro

El primer antecedente conocido del actual parque es la Plaza Pública “General San Martín”, mencionado en la ordenanza municipal promulgada el 30 de mayo de 1882 por el intendente José Hilario Tedín. En la misma se autorizó la compra para destinar el área a esa futura plaza. Estos terrenos debían estar ubicados “entre el canal Sud y la calle Suipacha, entre las de Córdoba y Lerma, al naciente”.

Reñideros, duelos y velódromos

 Según el doctor Ernesto M. Aráoz, las obras del actual Parque San Martín recién comenzaron a principios del siglo XX, durante la emprendedora intendencia de Abel Zerda. Aquellos terrenos, añade Aráoz, estaban en una zona de viejas y derruidas quintas insalubres, rodeadas de cercos de tunas y hornos de quemar material, los que dejaban sobre el terreno cortes y depresiones, atractivos a toda variedad de mosquitos.

En aquellos lotes, situados a cinco cuadras de la plaza principal, funcionaban reñideros de gallos. Sus desparejas y terrosas calles eran escenario de compras y ventas, fondas de comida, despachos de bebida frecuentados por solitarios o pendencieros, precarios lugares de juego y espacio abierto a duelos a cuchillo.

En el año 1900 la apertura de un velódromo acaparó la curiosidad y el interés de algunos vecinos. Personajes salidos del molde tradicional, de largos bigotes, montaban en las “endiabladas”, tal el nombre con que se bautizó a las primeras bicicletas que circularon por las calles de Salta impulsadas por el relojero italiano Ravizza.

En 1905, en una visita a Salta cuando ésta tenía 20.00 habitantes, Manuel Bernárdez pudo ver una ciudad “saliendo briosamente del cascarón colonial”. Bernárdez visitó el Parque 20 de Febrero, situado a doce cuadras de la plaza principal. En 1891 se adoptaron las primeras medidas para la construcción de ese Parque, en el sitio donde se conmemora el triunfo del general Belgrano de 1813 en la Batalla de Salta.

En diciembre de 1911, por decreto, se dispuso la expropiación de terrenos para “el ensanche del Parque San Martín”. Los límites fijados eran: calles Mendoza, San Juan, San Luis, Santa Fe y actual calle Alvarado, canal Este, según testamentaria de Juan Paulucci. También se dispuso la venta del criadero municipal. Los 250.00 que se obtendrían por su venta pagarían los costos del ensanche.

A comienzos de siglo, la Exposición del Pabellón Argentino tuvo su sede en la plaza que luego adquirió la categoría de parque. En 1931 el gobierno de la Provincia arrendó el Pabellón Centenario al “Sporting Tennis Club”. Años después, albergó al Museo de Ciencias Naturales, incluido el material que perteneció al Museo Social de Fomento fundado por Cristian Nelson. Cerca de ese edificio se encuentra un busto del sabio Florentino Ameghino.

Los terrenos del actual Parque se utilizaban como un improvisado y malsano basural, cuya imagen se conserva en una foto de época. Los trabajos comenzaron con el desmalezamiento y la nivelación del terreno. Se seleccionaron especies de árboles y se diseñaron jardines y paseos internos.

En su libro “De Buenos Aires al Gran Chaco”, el periodista francés Jules Huret, al relatar su visita a Salta en 1915, recordó que el gobernador de la Provincia, Robustiano Patrón Costas, lo invitó “a almorzar en un restaurant campestre, situado en las afueras de la ciudad, cerca del futuro parque de la población. En el centro de una vasta superficie pantanosa, saneada hoy y llena de plantaciones de eucaliptos, se han trazado parques y avenidas”.

“También se encuentra aquí el Jardín Zoológico. Mientras preparan la mesa vamos a visitarlo. Verdaderamente, la colección no es muy rica, pues no comprende más que tres cóndores siniestros encerrados en una gran jaula, dos pumas en un compartimiento alambrado, una alpaca y dos guanacos. Éstos son sin duda los seres más insolentes de la creación. Lo son porque, con buena puntería, lanzan escupitajos a la cara de los visitantes”, añade.

En 1917 se dispuso otra expropiación para el ensanche. En esta caso, el gobierno expropió tierras de las familias Gallegos, Mansilla y Parodi. En 1921 se añadió un nuevo ensanche y se encargan estudios y confección de planos. El 20 de febrero de 1923 el gobernador Adolfo Güemes inauguró el monumento de Facundo de Zuviría, obra de la escultora Lola Mora. Se concluyó el ensanche y quedó librado al público el servicio del Rosedal.

Durante su visita a Salta el doctor Victorino de la Plaza se interesó por las obras del Parque. Durante la presidencia de Roque Sáenz Peña, a través del ministro de Guerra, general Gregorio Vélez, la Nación donó a Salta el monumento al General San Martín. La estatua ecuestre es obra del escultor Ernesto Carrier Belleuse quien, por encargo de Sarmiento, esculpió el monumento a Belgrano, emplazado en Plaza de Mayo y el Mausoleo de San Martín en la Catedral Metropolitana.

Buenos años y buenas obras

Entre 1936 y 1940, el Parque fue objeto del mejor trato por parte de las autoridades municipales, lo que permitió que tuviera entonces su mejor época, la que incluyó, en 1939, la inauguración de Plaza Alvarado y los Baños Públicos en ese mismo sector. “El Parque se encontraba en pésimo estado; con un trazado anticuado sin simetría, que obligó a que se transformara totalmente; es así que se fue modernizando, delineándolo con nuevos  trazados, adicionando elementos ornamentales, plantas diversas, bancos de marmolina, etcétera”.

Esas reformas incluyeron  la ampliación del Parque incorporando la manzana comprendida entre las calles Corrientes, Santa Fe, Urquiza y Lavalle, lo que se hizo al recuperar un baldío que se usaba como basural. Se remodeló y mejoraron el lago y jardines circundantes.

El Jardín Incaico, exportable en postales en blanco y negro o en sepia, atractivo de propios y turistas ha perdido su encanto, su perfil y hasta parte de su espacio. Se construyó a finales de los años ’30, bajo la influencia de la estética indigenista que entonces impregnaba la música, la literatura y la plástica.

“Tiene una portada de piedra en tres piezas (dos pilares y un arco) cuyo peso total pasa los cinco mil kilos”, precisa un informe. Tenía amplias avenidas, generosos espacios tapizados con cuidado césped, bancos de marmolina, fuente y puente de piedra, mesas circulares, estatuas, árboles y plantas ornamentales. También motivos interiores en piedra rústica, jardinería aborigen con cincuenta variedades de cactus, grandes tinajas y columna tipo farol de alimentación subterránea.

Peor suerte corrió el Jardín Botánico que, a comienzos de los años ’30, reemplazó al viejo Jardín Zoológico. A mediados de esa década, aquel espacio arbolado, por su estado de abandono, no atraía el interés de los paseantes. “Los trabajos de jardinería moderna que se han realizado, lo han transformado completamente, convirtiéndolo en un rincón predilecto”, señala la “Memoria de 1940” publicada por la Municipalidad.

De aquellos años es el Parque Infantil, “la obra más interesante para la población infantil”. La ciudad de Salta no tenía hasta entonces “gimnasios populares, tan indispensables para el desarrollo físico de los niños”. Con un trazado de calidad, ese sector tenía juegos infantiles, playa de arena, fuente, bebedero, abundante y seleccionada arboleda y bancos de marmolina.

Puertas abiertas a la destrucción

 A comienzos de los años ’50 del siglo XX, un gran sector que había sido destinado al Parque fue destinado a la construcción de una importante obra: el Hogar Escuela, inaugurado en agosto de 1952. Ese paso dejó abierta la puerta a sucesivas amputaciones del área a parquizar. Años después, se comenzaron a construir monoblocks, en una ciudad donde no escaseaban los espacios libres en el área céntrica.

A esa obra siguió la que se proyectó para montar la “Exposición Argentina en Marcha”, iniciativa de la segunda presidencia de Perón, la que se frustró por el derrocamiento del gobierno en 1955. El cemento comenzó a devorar el verde. Años después, se construyó la terminal de ómnibus que reemplazó la precaria parada ubicada en la esquina de avenida San Martín y calle Buenos Aires, que durante años se utilizó como terminal de líneas interurbanas e interprovinciales.

En 1970 la Municipalidad de la Ciudad autorizó otro atropello a gran escala: mandó talar varios metros cuadrados de árboles para dar lugar a la instalación de un “tobogán gigante”, emprendimiento privado tan inseguro como efímero. El entusiasmo por el tobogán duró poco: las mismas autoridades que lo autorizaron tuvieron que prohibirlo por quejas y accidentes. Desde entonces, aquel espacio en blanco sirvió para diversas concesiones, incluidos la estación del teleférico y un restorán.

A comienzos del año 1975, el Parque comenzó a ser atravesado por las obras de un canal de desagüe que obligó a talar gran parte de la escasa, pero valiosa arboleda, que permanecía en pie. Cuando recorrimos el Parque en mayo de 1975, era penoso el paisaje de lo que fue el Botánico por esas obras de perforación. Restos de valiosas especies se apilaban en medio de tambores de gasolina, escombros y deshechos de toda índole.

En un rincón, el fuego consumía ramas de árboles reducidos a leña de lo que fue un parque con diversidad de especies: alcornoque, palo borracho, cebil, cedro Orán, eucalipto, quebracho blanco y colorado, tipa, jacarandá, palmera, pino y araucaria, entre otras.

Quizás por el monumento al que rodea y por ser escenario de actos conmemorativos, por aquellos años el espacio mejor cuidado era El Rosedal,  que rodea el monumento al General San Martín. En un sector de  plaza Mar del Plata, próxima al lago, se instaló el Velódromo Infantil y se creó un pequeño espacio cedido al Centro de Estudiantes de Bellas Artes de Salta (CEBAS).

En la Plaza de las Américas se proyectaba entonces colocar mástiles con banderas de cada país latinoamericano. En Plaza Italia se encuentra el monolito donado por la Sociedad Italiana en 1933. En una esquina del Parque se ubica el monolito consagrado a Mariano Moreno, sitio en el que, durante muchos años, los periodistas de Salta conmemoraban su día cada 7 de junio.

Además, en periodo 1936-1940, seguía en pie una crónica limitación: seguían siendo magras las partidas presupuestarias de la Dirección de Servicios de Paseos Públicos. Responsable del mantenimiento de parques y plazas, esa Dirección tenía a su cargo 30 plazas y plazoletas, que necesitaban 60 mil plantas por año. Esos espacios eran atendidos entonces por 137 empleados municipales, alguno de los cuales, además, prestaba servicios en el Vivero Municipal.

El Parque, poco a poco, fue teniendo su sentencia firmada. No se trata de hacer responsable de los males solo a la administración municipal: también lo son los que, de modo indebido e ilegal, fueron ocupando sus espacios, sin olvidar a los depredadores cotidianos. Del esplendor del Parque, entre los años de 1930 a 1960, va quedando poco. Apenas una sombra rodeada de abandono, de cochambre y de mal gusto.

Como parte de la tarea de escribir en 1975 aquel artículo sobre el Parque San Martín, entrevistamos al director de Servicios de la Municipalidad, Félix Ernesto Vilá y a Fernando Allemand, asesor de ese organismo. Recordaron nombres de algunos de los que aportaron su trabajo y talento en varias obras del Parque.

A don Víctor Pasamai, de origen italiano, se deben las obras en piedra tallada. En los años ’30 Pasamai se dedicó a realizar muchos de los detalles del Parque, tallando íntegramente fuentes, estatuas. Por su parte, don Antonio Moya hizo una enorme obra cuando estuve durante varios años al frente de la Dirección de Paseos Públicos.

Arrinconado y en retirada

Sucesivas administraciones municipales profundizaron el deterioro. Los compromisos políticos y las presiones, habilitaron la vía a los permisos precarios y provisorios que fueron adquiriendo carácter permanente. La administración municipal permitió y, en algunos casos, alentó la proliferación de permisos precarios, de ocupaciones de hecho de espacios por parte de dueños de kioscos, puestos ambulantes, manteros y paradas de taxis no registrados. Plaza Francia se usó como estacionamiento gratuito para funcionarios y empleados públicos.

La experiencia demuestra que abordar el trabajo informal con criterios político-electorales y como medidas de emergencia no conduce a encontrar un camino de solución: lleva a la multiplicación y agravamiento de esas situaciones.

Ya no suenan los compases de los bailables de los sábados cuando, en locales de ocasión se apiñaban conscriptos “de franco”, acompañados de jóvenes muchachas, alrededor de una cerveza. Quedan recuerdos de sus paseos arbolados, de sus jardines cuidados, de los bancos para paseantes, para solitarios y para parejas de enamorados. Algunos viejos fotógrafos ambulantes con trípodes y magnesio, permanecían en el Parque hasta mediados de los años ’70.

A mediados de esa década, el Parque y sus mejores obras entraron en un sostenido proceso de degradación. Al sentimiento de orgullo que acompañó su apertura y sus mejoras posteriores siguió el de una mezcla de vergüenza e indignación por su abandono y destrucción. Décadas atrás, durante años “ir al Parque” no era bien visto por los vecinos más acomodados, cuyo espacio público era la Plaza 9 de Julio, y tampoco por la clase media.

“Ir al Parque” era una costumbre reservada a conscriptos, empleadas domésticas (despectivamente mencionadas como “elemento cacerola”), a paseantes solitarios, personajes marginales y vendedores ambulantes. No pocos vecinos del centro de la ciudad veían en el Parque una antesala del pecaminoso “bajo fondo”, muchas veces condenado en público por algunos que concurrían allí a escondidas.

Londinenses de pura cepa dicen que los parques no son sólo naturaleza, sino que la superan. Un parque, gran espacio verde, vale millones de dólares en la cotización inmobiliaria. Una ciudad como Salta debe restituir al Parque parte de lo que le privó. Debe hacerlo preservando y mejorando su derrotero centenario. En la desigual pugna entre el verde y el cemento, entre la calidad de vida y la especulación inmobiliaria, corresponde apostar por la calidad de vida contando como aliado a los espacios verdes.-

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