Carmencita Puch. Una historia de amor y tragedia que pocos conocen

En el año 2007, el gobernador de Salta por ese entonces, Juan Carlos Romero, promulgó una ley para que la urna con los restos de Carmencita fuera depositada en el Panteón de las Glorias del Norte, en la Catedral Basílica.
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“Mi Carmen vendrá conmigo y morirá de mi muerte como vivió de mi vida…” El General Martin Miguel de Güemes dejó oír estas palabras a sus gauchos que lo acompañaban en el ocaso de su agonía de diez días en Las Higuerillas, al tiempo que, según historiadores pide también a José Ignacio Gorriti (padre de Juana Manuela) que velara por sus hombres, por Carmencita y sus hijos. De las últimas palabras que se saben del caudillo.

Hija única de Doña Dorotea Velarde y de Don Domingo Puch, nace en Los Sauces (Rosario de la Frontera) el 21 de Febrero de 1797.

En la partida de bautismo figura como Margarita del Carmen aunque años después, probablemente en los trámites para el sacramento de la confirmación se cree que le cambiaron tal vez por error por el de María del Carmen.   

De una belleza incalculable, cabello rubio y de profundos ojos azules, tez blanca y estatura más bien baja, decían las crónicas de aquella época que sobresalía notablemente en la sociedad salteña al punto que algunos la consideraban como la mujer más bella de entonces y destacándose además por su dulzura y carácter amable.

De ella se resaltaron tanto su belleza física como sus cualidades morales a tal punto que el General Rondeau, luego del Pacto de los Cerrillos la llamó “Carmen divina” y Doña Juana Manuela Gorriti quien mucho la conocía, solía decir de ella que “era una mujer maravillosa, con todas las seducciones que puede soñar la más ardiente imaginación”.

“Carmencita”, como se la llamaba, fue educada en el seno de su familia que además era poseedora de amplia cultura y entre Rosario de la Frontera y Miraflores (Departamento de Anta) pasó gran parte de su infancia y juventud en fincas de familiares.

Güemes, quien era respetado y codiciado por las mujeres de esa época rompe la relación que tenía con quien era su prometida -Juana María Saravia- debido a un enfrentamiento con el padre que de ésta que lo acusaba de estar con otra mujer y es entonces cuando sin pasar demasiado tiempo, Magdalena Güemes de Tejada o “Macacha” como era conocida -su hermana- le presenta a la joven a sabiendas de la admiración de ella hacia él.

Muy poco tiempo después, el 10 de Julio de 1815, ella con 18 años decide casarse enamorada de Güemes quien tenía por entonces 30 años. Dos meses después de haber sido nombrado gobernador por el Cabildo de Salta (6 de Mayo) y de ser ascendido a teniente coronel por San Martín, contraen matrimonio en la Catedral. Dicha unión se celebró en toda la ciudad durando varios días.

Pero Carmencita tuvo que fortalecer su amor al ser tiempos difíciles de guerra y sobrellevar en muchos casos la ausencia de su gaucho amado al tener que partir hacia las batallas y ser requerido por las milicias. Tuvieron que sortear muchas adversidades, pero aún así concibieron tres hijos varones: Luis, Martín del Milagro (luego fue gobernador de Salta), e Ignacio (quien Güemes nunca conoció).  Ella amaba tanto a sus hijos como a su esposo.

Muchas veces se vieron casi obligados a cambiar de residencia, ya que el héroe gaucho, no dejaría nunca la lucha y su familia era un objetivo preciado por el enemigo; es por ello que en 1820 Carmencita, a pedido de él, partió, embarazada de siete meses de Ignacio y con otros dos hijos a cuestas hacia la hacienda de su padre en Horcones, mientras duraran los combates. En dicho lugar, esperaba ansiosa al mensajero que Güemes le enviaba todos los días, sin importarle cansancio alguno. Se decía también que muchas veces él temía de no volver a estar junto a ella.

Tuvo, por amor, tener que aceptar ser la esposa de un guerrero y con ello acostumbrarse a vivir inquietada con todo tipo de presentimientos sobre quien caminaba entre balas y espadas realistas. También se tuvo que sobreponer a la pérdida de su tercer hijo, a sólo meses de haber nacido, tal vez afectado por el trajín del viaje o el clima de aquellos días. Desde éste lugar Carmencita escribe a Güemes la única carta que se le conoce:

“Sauces, 9 de junio. Mi idolatrado compañero de mi corazón: acabo de recibir tu apreciable en la que me dices que me vaya a La Candelaria, no lo hago con brevedad por esperar alguna noticia de que se mueva el enemigo, por dos bomberos que tengo uno en el camino del río Blanco y el otro en el Carril. Ahora mismo he mandado a don Juan Rodríguez hasta donde está Gorriti  a que le diga que en el momento que haya algún movimiento me haga un chasqui.

El principal motivo de no irme es estar mi Luis muy enfermo con la garganta llena de fuegos y con unas calenturas que vuela, hoy me he pasado llorando todo el día de verlo tan malito. Ahora se me ha mejorado con una toma de magnesia. Lo ha hecho vomitar y evacuar mucho, aunque ha quedado muy caidito pero se le ha minorado la calentura. No creas que estas sean disculpas por no irme, pregúntale a mi tío como está mi Luis; no tengas cuidado de mí, estoy con seguridad.

Y sobre el final ella escribe:

Mi vida, mi cielo, mi amor, por Dios cuídate mucho y no vas a estar descuidado. Mi rico, cuándo será el día que tenga el gusto de verte y estrecharte en mis brazos y darte un millón de besos en mi rica jetita; recibe un millón de besos de tu rico Martín que cada día está más lleno de gracias y picardías y de tu Luis, mil cariños.

Y el corazón más fino de tu afligida compañera que con ansias desea verte.

                                                                                           Tu Carmen
P.D. Expresiones de padre y hermanos.”

La unión y el amor entre ellos duró seis años, más allá de todas las adversidades siempre se mantuvieron juntos pese a todo. Él con el corazón firme en defender a la patria y en brindar amor a su esposa y ella con la angustia de no tenerlo cerca y con la entereza para cuidar a los hijos de ambos. 

Pero un día, el 17 de Junio de 1821, ocurrió lo que Carmencita tanto temía. Bajo una higuera, a lo lejos, se apagaba la luz de quien tanto amaba: Don Martín Miguel de Güemes.

Nadie tuvo el valor suficiente para llevarle a su esposa la noticia. Ella se preguntaba por qué demoraba tanto en enviarle alguna carta.

- Anoche oí llegar un caballo y pensé que era él- dijo ella
- Era mi padre- dijo Juana Manuela Gorriti, (quien escribe años después)

Nadie quería decirle la noticia pero luego se enteró del motivo de la llegada de Gorriti a la hacienda y cayó en una depresión tan profunda que la llevaría al encuentro de su esposo. Ni el amor de sus pequeños pudo detener tanto sufrimiento.

Se cortó el cabello ya que decía que como tanto le gustaba a Güemes no quería que nadie más se lo viera y se encerró en su habitación para dejarse morir sin escuchar a más nadie ni tampoco consejo alguno. Ni siquiera pudo darle el último beso ni mucho menos decirle cuánto lo amaba. 

Juana Manuela Gorriti también escribe más tarde que el dolor de Carmencita fue tan extremo que buscó la muerte desde el momento mismo de enterarse, diciendo que no quería vivir más sin su Martin.

"Y sin escuchar a su padre ni a sus hermanos, que la rodeaban llorando -escribe-, cortó su espléndida cabellera, cubrióse con un largo velo, postróse en tierra en el sitio más oscuro de su habilitación, y allí permaneció hasta su muerte, inmóvil, muda, insensible al llanto inconsolable de su anciano padre, a las caricias de sus hermanos, que la idolatraban, a los ruegos de sus amigos y a los homenajes del mundo; alzando sólo de vez en cuando su luctuoso velo para besar a sus hijos” relata.

Carmencita fue al encuentro de su amado el 3 de Abril de 1822, tras nueve meses de mucha tristeza y tal como el General había vaticinado en sus últimos suspiros. Tenía 25 años.

Murió de amor así como él murió por amor a la patria.

En el año 2007, el gobernador de Salta por ese entonces, Juan Carlos Romero, promulgó una ley para que la urna con los restos de Carmencita fuera depositada en el Panteón de las Glorias del Norte, en la Catedral Basílica. junto a la de su esposo, en donde allí hoy en día permanecen.

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